Domingo, 18 Junio 2017 21:44

Homilía del cardenal Urosa en Corpus Christi: Jesucristo, pan vivo bajado del cielo Destacado

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Celebración de la solemnidad del Corpus Christi en la Catedral Metropolitana de Caracas, del domingo 18 de junio de 2017.

 

“YO SOY EL PAN VIVO BAJADO DEL CIELO” (JN. 6, 51)

Con profunda fe estamos congregados en nuestra Santa Iglesia Catedral Metropolitana de Caracas para celebrar la festiva y hermosísima solemnidad del Corpus Christi,  ¡el Cuerpo y la Sangre de Cristo!, ¡la Eucaristía!  Ofrecemos  esta sagrada liturgia   y la procesión posterior  con el Santísimo Sacramento en acción de gracias a Dios, en fervorosa e intensa  adoración al  Cuerpo y la Sangre de Cristo y para  reforzar  nuestra fe y nuestro amor  a  Jesús sacramentado. En esta celebración tendremos la oportunidad de reavivar la  fe en la Eucaristía, que es a un tiempo  sacrificio,  banquete y presencia viva de Jesús; tendremos la oportunidad de fortalecer esa riqueza de la Iglesia en Venezuela que es la devoción al Santísimo Sacramento, y podremos inflamar nuestros corazones en el fuego de la caridad de Cristo para amar a nuestros hermanos, especialmente a los más pobres.

Acabamos de escuchar el bellísimo sermón eucarístico del capítulo 6 de San Juan, la proclamación que Jesús hace de sí mismo como el pan vivo bajado del cielo, como quien da su  carne para la vida  del mundo, ¡como el pan que da la vida!   En ese texto hermosísimo y central en la fe de la Iglesia, Jesús promete la Eucaristía. Había prefigurado su generosidad para alimentar a los suyos con el milagro de la multiplicación de los panes ( Lc 9, 10-17); luego en este discurso promete darnos la verdadera comida y la verdadera bebida. Y en la Última Cena celebró el banquete sacrificial con el cual anticipaba su muerte y resurrección y se da a los suyos en comida de salvación (Mt 26,26-29).  Instituyó la Eucaristía cumpliendo así su promesa: “el pan que yo daré es mi carne, para que el  mundo viva” (Jn 6,51). A través de la historia y también hoy, Cristo reactualiza en la Eucaristía de la Iglesia  ese banquete-sacrificio excepcional, sagrado e impensable, y nos hace partícipes  de  su inefable misterio pascual. El pan que El nos da es su propio cuerpo y su  sangre, alma y divinidad, para alimentarnos, para unirnos a El y para que tengamos vida abundante (Jn 10,10).

La Eucaristía es Cristo que se ofrece permanentemente por la salvación del mundo en el Santo Sacrificio de la Misa, banquete sacrificial, memorial y celebración de la Pascua del Señor. Cristo se ha quedado con nosotros en la Eucaristía desde aquella noche memorable del Jueves Santo en la que, habiendo pronunciado aquellas palabras maravillosas y poderosas: “Este es mi Cuerpo, esta es mi sangre”, “haced esto en memoria mía”, se hace presente cada vez que la Iglesia se congrega bajo la presidencia de un sacerdote para conmemorar su pascua gloriosa. Damos gracias a Dios, porque  Cristo se ha quedado con nosotros para siempre en el Augusto Sacramento del Altar, para ser nuestro amigo y compañero, nuestro confidente y consuelo, nuestro manjar y viático para la vida eterna.

 

CRISTO REALMENTE PRESENTE EN LA EUCARISTIA

Dada la importancia de la auténtica fe en la presencia viva, real, sacramental, de Cristo en la Eucaristía, quiero recordar hoy aquí  algunas de las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica

Ese texto fundamental para los cristianos nos dice  en el número 1373: "Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros" (Rm 8,34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia (cf LG 48): en su Palabra, en la oración de su Iglesia, "allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre" (Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los presos (Mt 25,31-46), en los sacramentos de los que Él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, "sobre todo, (está presente) bajo las especies eucarísticas" (SC 7).

 Y luego nos enseña: “El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular….En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están "contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero" (Concilio de Trento: DS 1651). «Esta presencia se denomina "real", no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen "reales", sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente» (MF 39). 1374

Y continúa “ El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: "Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera la conversión de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación" (DS 1642). 1376

Y precisa el modo de la presencia: “La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cf Concilio de Trento: DS 1641). 1377

Pues bien, mis queridos hermanos: Porque  la Eucaristía actualiza el banquete sacrificial de Cristo y su entrega al Padre celestial por la salvación de las almas, y por su presencia sacramental, enseñada través de los siglos por la iglesia, como la hemos escuchado en las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia  Católica, la  Eucaristía es la fuente y cumbre de la vida de la Iglesia, y su mayor tesoro, pues es Cristo mismo resucitado, presente bajo las formas externas del pan y del vino convertido, en nuestro verdadero  pan de vida (Jn 6,48). Es  la manifestación de la generosidad divina para que el mundo viva (Jn 6, 51). El ha querido darnos su carne y sangre preciosos, la verdadera comida y la verdadera bebida, para que quien la coma y beba, tenga vida eterna (Cfr. Jn 6, 54-55). Por estos motivos, damos gracias a Dios. Digamos todos: ¡Gracias, Señor, gracias!

Por esto debemos sentirnos felices de participar en  la Santa Misa, fuente y culmen de la vida cristiana, y valorarla inmensamente, pues es un regalo  que Dios hace  a los creyentes. Mis queridos hermanos: Con el Papa Juan Pablo II los invito de corazón a intensificar  nuestra participación en la Eucaristía, especialmente el día domingo, cuando celebramos la resurrección gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo.

Y precisamente por eso, hemos de  valorar  la íntima conexión existente entre la Santa Eucaristía y el Sacerdocio. Sin sacerdotes no hay Eucaristía. Promovamos pues la oración y el trabajo insistente por el aumento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

 

EUCARISTÍA: AMOR FRATERNO Y COMPROMISO SOCIAL

Cristo nos dio ejemplo de entrega “para la vida del mundo”. La Eucaristía es el sacramento, el signo vivo y real del amor cristiano. Por ello, todas las comunidades católicas: parroquiales, escolares, religiosas, y  todos los movimientos de apostolado, están llamados  a crecer en la práctica de la caridad viva,  de la solidaridad y de la  justicia.

En efecto: en esta importantísima línea social de la fe eucarística, hemos de recordar  que cada  cristiano está llamado a ser, como Cristo,  factor de unidad y portador de paz, de amor, de vida, para sus hermanos; bondad, compasión, misericordia, generosidad, solidaridad. La religión cristiana no es individualista: es fraterna, social, comunitaria. Nos exige la práctica concreta de la caridad viva y de la justicia. Ayudar a los demás, especialmente a los más pobres. Y  la Eucaristía  es el sacramento – signo sensible y eficaz - del amor de Dios a nosotros; de nosotros a  Él, y a nuestros hermanos; es  a la vez celebración y exigencia de comunión, de fraternidad, de trabajo efectivo por los demás, “para que el mundo viva” (Jn 6, 51).  Cada una de nuestras comunidades  debe reflejar la bondad y la caridad de Cristo, a través de nuestra permanente y activa participación en la vida de la comunidad, y  en la irrenunciable labor de construcción de la paz.

Movidos por el amor a Cristo, mostraremos nuestro amor al prójimo  mediante la práctica constante de las obras de misericordia, tanto espirituales  como corporales, que mantienen toda su vigencia y tienen irrenunciable dimensión social y pública: la vida, la alimentación, la vivienda, la salud, la economía productiva, la atención a los presos, la educación; el respeto y la defensa de los derechos humanos. En todos esos desafíos se concretan las obras de misericordia. Cristo en la Ultima Cena entonces, y en la Eucaristía hoy, nos da la gran lección de amor vivo, de solidaridad efectiva, de  compasión con los demás.

Desde el Sagrario, Cristo nos invita a fortalecer el compromiso con los pobres. La opción preferencial no exclusiva y no excluyente  por los pobres deberá realizarse  de una manera más intensa como fruto de nuestro amor a Cristo Sacramentado, que nos invita a reconocerlo y a servirlo en nuestros hermanos, especialmente los más necesitados: “porque tuve hambre y me disteis de comer…” (Mt 25, 35) Por ello urge que en todas las Parroquias y Colegios católicos se implementen actividades y se creen estructuras permanentes de acción  social, y se estudie y ponga en práctica la doctrina social de la Iglesia, para la promoción de la persona humana y del  bien común  de nuestro pueblo, de nuestra querida Venezuela.

 

CONCLUSION

Fortalezcamos  en esta hermosa celebración del Corpus Christi, nuestra fe en la Eucaristía, el banquete sacrificial en el cual Cristo se ofrece a sí mismo al Padre como redención por nuestros pecados.  Pidamos al Señor que aumente en nosotros la gratitud, la devoción, el fervor eucarístico, especialmente en los sacerdotes y en los seminaristas, futuros ministros del altar, llamados a identificarse personal y existencialmente con Cristo, que se ofreció  para la salvación el mundo. Apreciemos los gestos y posturas corporales de adoración, de admiración de amor y entrega a Cristo sacramentado: el arrodillarnos en oración, hacer debidamente la genuflexión ante el sagrario, guardar el silencio religioso y el respeto sagrado en el templo, y especialmente durante la Santa Misa. Todas estas cosas debemos apreciarlas y hacerlas. Y pidamos al Señor que aumente en nosotros el ardor de la caridad y la lucha por la justicia.

Encomendemos estos propósitos y anhelos  a María Santísima, Nuestra Señora de Coromoto, para que  la Iglesia en Caracas crezca en el amor a Cristo Sacramentado; para que vivamos intensamente la caridad, especialmente con los más pobres, y para que El nos conceda abundantes vocaciones sacerdotales, y nunca  nos falten el Altar del sacrificio redentor  ni el Sagrario de su presencia viva y consoladora. Amén

 

+Jorge Urosa Savino,  Cardenal Arzobispo de Caracas

 

 

Modificado por última vez en Martes, 20 Junio 2017 13:38

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